En una reunión, alguien muestra una herramienta de inteligencia artificial que podría resolver parte de un proceso cotidiano. Hay información dispersa, documentos que revisar y tareas que consumen horas. Empiezan a aparecer ideas. Una solución que parecía lejana se vuelve posible.

Hasta que alguien dice:

—Sí, pero entonces nos quedamos sin trabajo.

El entusiasmo sigue ahí. El temor también.

¿Cómo no sentir cierta inquietud? Lleva años aprender a hacer bien un trabajo. Cuesta pensar que una parte de ese esfuerzo pueda volverse prescindible, y más todavía que seamos nosotros quienes ayudemos a que eso ocurra. Pero conservar las tareas tal como las hacemos hoy tampoco nos ofrece una garantía.

Estas preguntas me acompañan en actividades distintas: el análisis de negocio, la práctica jurídica y la docencia. Mi formación como ingeniera en electrónica y abogada me permite observarlas desde perspectivas que se complementan. En cada ámbito encuentro posibilidades, pero también límites que necesito comprender.

De una idea postergada a una herramienta posible

Durante años quise desarrollar un tablero que reuniera información dispersa para facilitar el análisis y la toma de decisiones. Conocía las preguntas del negocio y los criterios que debían orientar la solución. Sin embargo, implementarla requería aprender herramientas con las que no trabajaba habitualmente.

Con asistencia de IA pude empezar a acortar esa distancia: aprender durante el desarrollo, encargar partes de la programación y revisar su funcionamiento.

Eso no eliminó la necesidad de comprender qué estaba construyendo. Seguía siendo necesario examinar cómo se procesaban los datos, qué supuestos se incorporaban y si los indicadores tenían sentido.

Que una solución funcione una vez, o que la IA asegure que está bien, no alcanza para darla por válida.

En derecho, una respuesta convincente necesita respaldo

En mi práctica jurídica, la IA me ha ayudado a organizar documentos, localizar información y reconstruir secuencias de hechos. Ese trabajo puede agilizar la preparación de un análisis y permitir que dedique más atención a las conexiones relevantes.

Pero ordenar información no equivale a comprender una estrategia jurídica.

Mi tarea sigue siendo contrastar las interpretaciones con la prueba, distinguir qué podemos sostener y qué necesitamos acreditar, y revisar si una respuesta corresponde al caso concreto.

También encontré referencias a fallos que no existían. La respuesta tenía estructura, vocabulario jurídico y una conclusión aparentemente fundamentada. Al buscar la fuente, ese respaldo desaparecía.

Por eso necesito comprobar que la referencia exista, leerla y evaluar su pertinencia. Una fuente puede ser auténtica y, aun así, estar mal aplicada.

Aprender también forma parte del control

En las tutorías de trabajos finales encuentro otro riesgo: una explicación puede estar bien escrita y, sin embargo, apartarse del problema que se está investigando.

Si quien la recibe todavía está aprendiendo, quizás no reconozca ese desvío. Puede incorporar un argumento que después no logra explicar con sus propias palabras.

Esto también me lleva a preguntarme por mi propio uso de estas herramientas:

¿Estoy utilizando la IA para comprender mejor o acepto una respuesta porque me permite seguir más rápido?

Tener experiencia no me deja afuera de ese riesgo. Mantener el control exige detenerme, verificar y reconocer cuándo necesito aprender más o consultar a alguien con conocimientos que yo no tengo.

Qué hacemos con el tiempo que liberamos

Que una herramienta amplíe nuestras capacidades no garantiza que una organización la utilice para desarrollar a las personas. La preocupación por el empleo merece algo más que una invitación a adaptarse.

También debemos conversar sobre cómo se acompaña a quienes ven cambiar sus tareas, qué oportunidades tendrán para aprender y cómo se distribuirán los beneficios de esa transformación.

Mi postura parte de esa incertidumbre. Prefiero aprender a usar estas herramientas, comprender sus límites y participar en la transformación de mi trabajo. Eso supone equivocarme, corregir y decidir hasta dónde puedo delegar.

Hoy puedo concretar ideas que antes quedaban postergadas. Quiero explorar esa posibilidad sin dejar de hablar del temor que despierta.

Si pudiéramos delegar buena parte de las tareas que hoy nos ocupan, ¿qué nos gustaría hacer con ese tiempo? ¿Y qué necesitaríamos para sentir que esa posibilidad también nos beneficia?

Paola Mori · Abogada e ingeniera en electrónica